Pero hace unos pocos días, unas buenas gentes de mis pueblos, de esos que acogen mis horas y deshoras, estaban de fritorio, del culmen de la anual elaboración artesanal de la matanza. Mira que suena mal esa palabra y aqui con el apellido "del cerdo" nos hace que nos relamemos pensando en tan ricas exquisiteces.
Pues bien, esos amigos tuvieron el detalle de mandarme el "presente" esa pequeña degustación de los distintos manjares porcinos, una vez fritos en aceite de oliva virgen y en grandes sartenes de patas, ancladas en un lecho de leña y ascuas, y antes de ser "enterrados" en las orzas de barro, donde desde hace generaciones se conservan y guardan como uno de los grandes tesoros de las despensas y cámaras.
Chorizos, morcillas, costillas, lomos, guarrillas...impresionantes delicias de esta tierra, asentados tras jornadas de escarchas y estos hielos que se resisten a abandonarnos, que nos hacen pensar en una hogaza de pan de pueblo con el que acompañarlos. El día del fritorio, todas estas cosas saben como ningún otro día, el sabor hoy explota, las texturas se acompasan, es el día de la gula, del placer de la degustación.Recuerdo una vez un día de fritorio en La Herrera; fritorio de cinco gorrinos, en cocina de leña, más de veinte orzas, inolvidable, inenarrable y casi indigestible. Así es mi tierra, así es su gastronomía, y aunque haga frio, no la cambio, es la mía.
Mañana no escribo. Me faltan horas y me sobra sueño. El descanso se me resiste, como tantas otras cosas. Mientras llega, como tantas otras cosas, una copa de vino, un lomo de orza y un chorizo entre el pan, y que sea lo que Dios quiera, que esto son cuatro días, y no estoy ya para tonterías ni lástimas.





