El ajo es algo muy típico de estas tierras. Unido al ajoaceite, un guiso que no es de mis preferidos, aunque uno tiene buena boca y no es muy delicado para la gastronomía, pero que no me termina de convencer, aunque si hay que comerlo, se come. Y no es alioli, ni mahonesa. Es el ajoatao, con esta textura tan especial, y que me encantaba y me encanta rebañar y extender en el pan. Aunque luego te quede el aliento impregnado, pero total, no pienso besar a nadie en la boca, ni que nadie me bese, osea que palante...
¡que rico lo hacen las mujeres de antes! también las de ahora, pero menos. Y que alegría y deleite cuando me aparece sin esperarlo en las casas que me brindan y me regalan su hospitalidad. Y si, si Polo, ya se que tú eres anti-ajo, pero yo soy pro-ajo, y me gustan las cosas que lo llevan. Ahora mismo me comería un poco, aunque por la noche se repite mucho. Una vez una de mis entrañables mujeres de uno de estos pueblos recios, me dijo que me iba a hacer un ajoatao, y me apareció con un cuenco, que al destaparlo llevaba un diente de ajo atado con un hilo jejeje...¡se me quedó una cara! que luego se tornó en felicidad cuando apareció un mortero como este, donde resplandecía este manjar amarillo de peculiar textura que hoy es mi tema y mi antojo.

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