Y es que este traje tiene aire castellano, manchego más bien. Porque hay quien dice de Jaén no es tierra andaluza. Pero si es tierra señorial y sobria, cuna de un bolero peculiar de cadenciosos brazos y serenos y elegantes movimientos. Porque esta parte andaluza no es de faralaes y peinetas de colores, como por desgracia se ven por doquier en su feria de octubre
en detrimento de esta indumentaria tan propia y distintiva. Precioso conjunto de sayas azules y grises de "canícula, que me encanta esta palabra, sobre refajo encarnado de paño, como encarnada es la mantilla que cubre el peinado de rodetes y "alpargata", sui géneris interpretación del moño de picaporte de otras tierras, mantilla protagonista de una leyenda tan increíble como bella, de una batalla sangrienta que tiñó las tocas blancas de sus antepasadas. Airosos mantones y mantoncillos, y tímidas flores sobre el rodete, encima de las ricas arracadas "saboyamas" que penden de los lóbulos de las jaeneras. Enagüas, pololos, faltriqueras, medias, todo el ajuar de siglos atrás que sale de baúles y arcas, haciendo un viaje en el tiempo y el espacio.Me encantan estos trajes "regionales", como me gusta esta denominación. Por suerte Jaén es zona de libre de esos investigadores de medio pelo, empeñados en globalizarnos en el dieciocho y vendernos las ¿maravillas? por ellos encontradas, comecializadas y vendidas. Tal vez algún año me vaya este día de San Bernabé a ver este ambiente y esta fiesta, y tomarme unas cañas con migas, o patatas y huevo en las tascas del barrio de San Ildefonso.
Otro apartado más de ropa típica, tradicional y de verdad. Ya quedan menos, ir saboreando estos modestos capítulos de este insignificante folklorero aficionado. Con música del Bolero de Jaén de fondo, y un pie con el pensamiento en la plaza de su seo, catedral renacentista de España, obra de un alcaraceño.




