Ya estará saliendo. Un año más, empezando la cuenta atrás hasta el día 8 de septiembre, el más importante del año. La Virgen de Cortes, gloria de Alcaraz, abandona su barroco retablo del santuario serrano, el lugar de más devoción de la provincia mía, para emprender el camino hacia la gótica fábrica de la Trinidad, donde en plateado templete permanecerá para presidir las fiestas de la muy noble y leal ciudad.Y aunque vengo embelesado de pisar las piedras cordobesas una vez más, y de emborracharme del olor de jazmines y del ruido de agua de las fuentes califales, hoy es de esos momentos en que me gustaría bilocarme, y poder estar en el arco de la calle Mayor, esperando junto al negro y patético Cristo de los Ángeles, que se queda solitario, porque el pueblo se acerca a la orilla del pueblo, donde a la sombra del acueducto, aguarda con impaciencia que la Señora entre por sus calles y tenerla con ellos una vez más, como desde 1.222.
Algunos de mis lectores comprendéis lo que es la Virgen de Cortes. Es una devoción, una tradición, pero sobre todo es un sentimiento. Es implorarla en los momentos duros, como hoy que le pido por mi Rafa, para que pronto esté en casa de nuevo, es mirar su estampa en la cartera, es apretar la medalla que nunca se quita del cuello, es soñar con estar de nuevo en su capilla entre tierras rojas, pinos y olivos, que pregonan la cercanía jienense.
Nuestra Señora de Cortes. La que acogió las oraciones de mis antepasados desde siglos. La que es meta de peregrinos de todas partes. La que me acompaña siempre. Y con el crepúsculo de agosto, la estrella que más brilla, cuando a la carrera avanza hacia las dos Torres.
Se va el verano. Ya no hace tanto calor. Pronto será solo historia y recuerdo. Y yo me voy camino del realejo cordobés, a pedirle al arcángel custodio y médico de Dios. Pero con el pensamiento eso sí en mi virgen y en mi tierra.
Último domingo de agosto. Lo dicho, que ya no queda nada.



