
Echo la llave de mi feria; cierro los hierros de mi edificio hasta el año que viene, o hasta quien sabe cuando. Clausuro estos diez días de vanidades, derroches y jolgorios, y también de impostadas sonrisas, forzadas situaciones y artificiales festejos. Acabo con centenarios, quincenas, lustros y segundos, limpiando parafernalias, apartando falsedades y barriendo desprecios. Hoy a las doce, empieza el año nuevo, el nuevo tiempo, y cual cenicienta vuelvo a la realidad, a las calabazas y los ratones, porque las carrozas y los cocheros son ficticios, como tantas veces son las ideas que nos forjamos en la mente, como también irreales son los afectos y las confianzas depositadas. A cal y canto, la piedra y el hierro se conjuran para proteger a este templetillo pillo, iluso y confiado, que aquí se refugia de tantas zancadillas, de tantos obstáculos. Y que siga la fiesta...


